Junio de 1978.
Un soldado recibe una consulta escrita en un papel:
«¿A partir de qué edad se puede empesar a torturar a un chico?»
El error de ortografía, tan bruto, es lo que más le preocupa.
A partir de ahí, Dos veces junio reconstruye dos momentos de la última dictadura argentina desde la mirada de un personaje que observa la violencia desde un lugar mucho más inquietante que el de un monstruo: el de alguien que cumple órdenes, hace su trabajo y después sigue con su vida.
Kohan escribe sobre el horror sin necesidad de exagerarlo. Lo convierte en una conversación, una orden, un viaje en auto, una consulta médica. En un trámite. La violencia aparece incorporada a una rutina donde casi nadie parece detenerse a preguntarse demasiado.
Y quizás ahí esté lo más perturbador de la novela.
No solamente en lo que se hace.
Sino en la facilidad con la que se hace como si nada.
Dos veces junio, de Martín Kohan.
